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Una noche con la colegiala

Milo Manare, El arte del azote

“Y deseosa de aprender ella se va quitando el vestido
Ese vestido de colegio que con tanto cariño le cosió su mamá
La blusa blanca de infinitos botones
La falda azul ajustada con un gancho de nodriza”

Me encontraba en la habitación del hotel donde nos correspondía hospedarnos, estábamos en Mérida, llevaba a mi curso de estudiantes de Historia Universal I, a cierto congreso sobre sensibilización pedagógica. Corrían las siete de la noche, estaba un poco extenuado por el viaje. Decidí entrar al baño para darme una merecida ducha.

Al salir me percaté que la puerta de la habitación estaba abierta, alguien había entrado. Observé el pasillo de la posada, se veía solitario, revisé las maletas previendo algún robo, pero todo estaba normal. Cerré la puerta, encendí un cigarrillo, sorbí unos cuantos tragos de cocuy, me recosté sobre la cama y me dispuse a ver televisión.

Ya quedándome entre dormido, como cuando llevas mucho tiempo de insomne y la realidad se te confunde con el sueño. Entonces se abrió la puerta del closet, dándole paso a una hermosa jovencita vestida de colegiala, llevaba una falda corta, tacones de punta fina que hacían juego con su hermoso cabello negro y una blusa blanca tan estrecha, que casi se desgarraba por sus hermosos y delicados pechos.

Era de tez blanca, tanto que resplandecía la oscura habitación. Yo estaba impávido. Allí estaba Daniela, aquella alumna que desplomaba mis sentidos. Yo la amaba en secreto, era mi alumna y nada podía decirle. La había deseado a punto tal que cuando practicaba las artes del amor con mi novia o cualquier otra mujer, imaginaba a Daniela.

Me miró fijamente a los ojos, sus ojos negros guardaban la profundidad del infinito averno, llenos de lujuria como la misma Lilith.

–Pero ¿Cómo puede ser esto posible?– Pensé, sin poder mediar palaba.

Y ella, como adivinando mis pensamientos –Es posible profesor. Se de sus deseos hacia mí, es usted muy descifrable cuando me mira. ¿Aún piensa en mí mientras hace sus cochinadas con su novia?– dijo con voz suave.

Yo seguía pasmado, no sabía que responderle, me sentía vulnerable. ¿Inmoralidad? ¡No señor! Ella estaba allí para mí. ¿Pedofilia? Bueno, tiene diecisiete, además vino sola, jamás le insinué nada. Ahora me tornaba triunfante, con matices de nerviosismo, pero excitado, un conglomerado contradictorio de sentimientos.

–Despójese de toda su ropa profesor, quiero que conserve solo el bóxer que lleva debajo de su short. Ésta es su noche, no sabe cuánto he deseado este momento –exclamó.

Colocó la cartera que llevaba entreabierta sobre la cama, me propinó un empujón sentándome sobre la cabecera, recostado a la pared. Se hizo hacia atrás y comenzó a realizar una suerte de danza erótica para mí.

–Sé que le gusta profesor, sé que lo excita verme bailar.–

Poco a poco la sangre fue corriendo a caudales torrentosos por todo mi cuerpo, despertando cada célula.

–Eso quiero profesor, que la rigidez invada sus deseos fornicios.– Decía, al tiempo que danzaba y se desprendía de su blanca blusa.

–Tiene usted, señorita, veinte puntos en la tarea de arte griego.– Logré decirle, saliendo de mi impavidez.

Su cuerpo era la fiel copia de la Venus de Milo, solo que Daniela tenía brazos. Se acercó hacia mí con rapidez. Me quitó el bóxer que llevaba puesto. sus ojos de posaron sobre mi falo erecto, lo miraba con deseo, o eso parecía. Era toda una artesana del placer.

La gloria ¡Oh jodido dios de los cielos, existes, de verdad existes!– Pensé. 

–¡Claro que existe, cerdo asqueroso!– Gritó con fuerza aquella hermosa colegiala. –No intentes llamarle, él no te salvará.– Continuó, mientras sacaba un bisturí del bolso que había dejado sobre la cama. Amenazaba con amputarme el miembro, si no dejaba a mi novia y me casaba con ella.

–No Daniela ¿Qué haces? Por favor, es una locura, no me hagas esto.– Gritaba atemorizado. Era el hombre más vulnerable del mundo, nada podía hacer, salvo intentar convencerla con mi verbo de no cortarme el falo.

Sin pensarlo le dije –Te amo Daniela, juro que dejaré a mi novia y seremos felices los dos.–

Mentiroso,– me replicó –te lo voy a cortar y no hay nada que lo impida.

Fue entonces cuando me despertó el golpeteo en la puerta. Me levanté sudoroso, desesperado, eran ya las siete y media de la mañana. Abrí la puerta. 

Con voz ansiosa y acaramelada, –Profesor ¿En que está usted pensando? Ya es tarde para ir al congreso ¿Acaso no piensa acompañarnos?– preguntó la hermosa Daniela.

Trujillo Digital TV

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